De insomnios y nostalgias.

12 agosto, 2013 at 0:52 (literatura)

Lo despertó el recuerdo.

Nuevamente como ayer se descubrió pensando en ella. Se sintió extraño. Diferente. Inquieto. Se preguntó ¿por qué ahora? Después de tantos meses sin sentir nada, creía que había sabido olvidar. Ese recuerdo repentino le atormentó, porque volvían los presagios. De ella no tenía nada, no quedaba nada. Al menos estuvo seguro de ello cuando dijo adiós argumentando la falta de amor ante la compañía tan esporádica y efímera que ella solía ofrecer. Difícilmente llegaría a sentir amor por alguien así, sabía cuánto le costaba amar cuando no desarrollaba un sentido de pertenencia.

Sintió miedo. Ahora comprendía mejor el sentimiento del primer día. Había regresado. Su mal congénito. Su nostalgia intransigente que le provocaba angustia. Se creía curado de ese mal del corazón. Pero no, de nuevo había sobrevivido. Seguía latente en alguna parte de su ser a la que había dejado de acudir, pensando que sería una buena solución para olvidar.

Tomó su celular y, mirando su fotografía, pensó en llamarla, pero de inmediato desechó esa idea, no tenía caso, no sabía cuál sería su reacción al escucharlo.

Nunca supo cuánto de él había dejado en ella, a menudo se preguntó si a pesar de su intermitencia y su compañía inestable el recuerdo del amor en su corazón persistiría. Tantas eran las preguntas que de nuevo volvían, así como los ecos en su mente, esos murmullos de nostalgia que muchas veces eran una tortura en su memoria.

Estaba claro que él esperaba ese golpe de nostalgia. Solo que ésta vez había tardado más de lo acostumbrado, no sabía a ciencia cierta porque tardó tanto en llegar. El tiempo de los recuerdos es extraño y golpea inesperadamente, pero de manera inexorable, eso lo había vivido tantas veces sin lograrse acostumbrar.

Jamás estuvo consciente de que forma llegó ella a su vida. Tan repentino fue su arribo, que de pronto se descubrió compartiendo no solo una parte de su vida, sino también la noche junto a ella, haciéndole el amor sin saber bien por qué razón, si era soledad, egolatría o necesidad de cariño. Durante esas noches que le parecían estarlas viviendo desde lejos, se sentía ausente, tal vez porque el amor nunca llegó. Se preguntaba qué tan presente estuvo el deseo en esos encuentros; porque rememoraba lo difícil que era para él alcanzar su éxtasis personal, y después, al mirarla a ella llegar tan fácil, tan espontánea e incontenible, dudaba que solo estuviera presente el deseo, lo que ella sentía por él era amor, pero la confirmación de esa certeza en lugar de ayudarle le afectaba más, se sentía extraño, incompleto, e incluso estando ahí, en esos momentos de íntima y profunda compañía, tenía la impresión de estar ocupando un lugar que no le pertenecía.

Aquella ráfaga de nostalgia le trajo de nuevo a la mente las vivencias de su primera noche juntos. Recordó la pena que ella tenía al dejarse desnudar bajo esa luz serena que todo iluminaba; lo inhóspito que le parecía su cuerpo en la breve oscuridad, donde ella se sentía segura de amar y ser amada. Siempre le pareció una mujer diferente, ella posaba su mirada y contagiaba con su brillo las ansias de entregarse sin dudar. Su frágil y delgado cuerpo llenaba una habitación que desprendía un aroma de amor emergiendo luminoso, a contraluz, confirmando la sensación de estar abrazado de un sentimiento súbito, que en ella se había hospedado desde hacía mucho tiempo, pero que él recién descubría en esa noche anhelada, donde lo planeado era dormir sin dormir, soñarse sin soñar, abrazar sin entregarse y fundirse juntos en el silencio de esa noche callada que los hizo cómplices, una noche remota donde, por un momento, pensó que el amor volvería a encontrar.

El mayor recuerdo que le quedaba de esa noche, era la sensación imperante de que fue una velada peculiar, particularmente incómoda como especial, atormentados por el calor fue imposible conciliar el sueño, por lo que sin poder dormir conversaron toda la noche hasta el amanecer, olvidándose así de ese aire que quemaba, quizás porque eran sus mismos cuerpos los que provocaban ese ambiente cálido, (ella de espaldas, él abrazándola mientras al oído le contaba sus más recónditos secretos, ocultando lo innegable, pero evadiendo el tema del amor).

Lo que muchas veces se preguntó, fue si esa sensación de satisfacción que experimentaba al notar el brillo en su mirada y el hecho de hacerla sentir amada en esos momentos eternos, podía ser un sentimiento que, visto desde lejos y por otros ojos, pudiera confundirse con amor. Jamás le confío a nadie ese secreto, ni siquiera a su mejor amigo, que muchas veces al verlo sonreír junto a ella, le preguntó si realmente era feliz, si había olvidado su antigua promesa de solo estar y hacer el amor con la mujer que amara, y de esta forma respetarse y respetarla. «La mejor forma en la que puedo respetarla es haciéndole el amor como nadie nunca, cada vez que ella se me entregue». Le dijo un día, sin saber si lo dijo en voz alta como para ser escuchado. El silencio de su amigo fue tal vez la aprobación o desaprobación que obtuvo ante tan natural y a la vez absurda justificación.

Entre ella y él todo parecía estar en calma aparente, pero la tormenta no faltaba, porque siempre quedaban las dudas, tan presentes como su sinceridad inoportuna, no sabía mentir cuando ella preguntaba si la llegaría a querer dentro de poco, él se limitaba a guardar silencio, abrazándola fuerte e intentando que un beso calmara sus dudas o incrementara la certeza de sus miedos, al confirmar que el amor jamás llegaría.

Le dolió la despedida, quizás porque cuando ocurrió, empezaba a acostumbrarse a su estadía, nunca le había sido fácil estar como decir adiós. La ausencia era tan común en él que ya no se reprochaba los pocos intentos que hacía por quedarse en los lugares donde se sabía necesitado. No le gustaba atarse cuando eso implicaba verse forzado a acelerar los designios de su corazón.

Cuando consiguió que se fuera ese recuerdo de su cabeza, sintió en su piel el viento de la noche fría, palpó de nuevo esa nostalgia ajena, sin sentido, la percibía como una sombra que no le pertenece, y sin embargo, se adueña de un cuerpo que no le corresponde; así pasaba con esos recuerdos lejanos, llegaban ahora a invadir un espacio que ya no era de ellos, lo tomaban como rehén cuando él se había sabido preso desde siempre de las incesantes nostalgias que habían dejado en su vida todas las mujeres ausencia, todas las mujeres pasado, todas las mujeres sombra que se llevaron un poco de su luz. Cansado de esas emociones y anticipando una noche de insomnio, se levantó de la cama decidido a acabar con sus constantes incertidumbres y desvelos. Reunió todo lo que significaba algo en su corazón, incluido el libro que ella le regaló, pensando en desecharlo. Pero a los pocos minutos dejó todo a un lado. No necesitaba revivir recuerdos y reabrir heridas. Lo que necesitaba era portar la marca de una nueva cicatriz y sabía cómo lograrlo, no había otra manera que dejar que las letras se llevaran el recuerdo y lo intercambiarán por olvido, entonces tomando su antigua libreta de poemas y una pluma que estaba por ahí, comenzó a escribir…

«Me despertó el recuerdo…»

 AHE

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