Un domingo como el de hoy (un domingo cualquiera)

17 abril, 2011 at 17:24 (Sin categoría) (, , , )

Para cualquiera que haya jugado fútbol sabrá la dificultad de enfrentarse contra un equipo con superioridad numérica. Es difícil expresar la sensación que experimentas al inicio cuando todos esperan lo más natural (la derrota por supuesto) por un marcador tan grande como humillante.

Pero que sucede cuando surge lo inesperado y el equipo contrario, tan confiado de su destino, se encuentra con que la suerte no le favorece, y la portería parece hacerse tan pequeña que da la impresión de que ningún balón entrara por ella.

La desesperación comienza a apoderarse del rival, mientras que tú, por el contrario, te llenas de la confianza y del ánimo de saber que todo lo que intentas te sale como deseas, y los jugadores anteriormente apáticos y malos se convierten inesperadamente en “cracks” con el balón. El panorama se aclara, surgen las ideas, el viento cambia de dirección, y de pronto escuchas algo, un sonido agudo que indica que la mitad de la proeza está cumplida, ha terminado el primer tiempo.

Con los ánimos hasta las nubes, transcurren los comentarios durante el descanso, se planea una nueva estrategia al sentir que el partido se puede ganar, y se plantea una formación arriesgada para un equipo con 9 hombres en el campo, jugar una alineación 3-2-3, esperanzados en hacer un gol que nos permita ganar el partido.

Un nuevo silbatazo nos indica que comenzaran los 45 minutos siguientes, y con esta nueva estrategia, iniciamos el principio del final. Las oportunidades generadas en el área contraria nos dan la equivoca y efímera sensación de que podemos ganar, un tiro al poste, y una atajada impensable del portero contrario, presagian un ambiente esperanzador, cuando de repente, sucede la debacle y un jugador comete lo único prohibido en esta situación, hacerse expulsar. Las protestas inmediatas buscan hacer que el milagro ocurra y el arbitro cambie su decisión, pero es inútil, es como hablarle a la pared y el arbitro permanece impávido e inflexible.

Con el ánimo golpeado el juego continua, el equipo rival se adueña del momento y del balón, mientras nosotros nos replegamos en un desesperado intento de recobrar la lucidez perdida. Desgraciadamente no todos logran hacerlo, y tras 5 minutos de lo acontecido sucede otra desgracia y un nuevo jugador nuestro es expulsado, por reclamar con palabras que hacen alusión a la madre del arbitro, una falta por detrás que no fue sancionada, esta vez no protestamos, nuestro animo se acaba y al reanudar el juego nos invade la invariable sensación de que sucederá lo que pensábamos al comienzo, una derrota por goleada, los mas de 30 minutos que quedan por jugar así nos lo indica, pero sobretodo es el golpe anímico aunado al cansancio acumulado lo que nos hace esperarlo.

Entonces el capitán ordena hacer lo más conveniente y es defendernos con 5 defensas y un solo hombre adelante capaz de retener el balón y buscarse faltas que nos permita salir de nuestra área y quitarnos el agobio del rival.

De esta forma comienza otro partido y jugamos con un nuevo objetivo, conseguir un “valioso” empate. Es en este momento que surgen los lideres del equipo, los hombres con la experiencia de centenares de partidos y comenzamos a tocar un balón en corto, que no le permite al adversario dominarnos, hacemos uso de toda nuestra habilidad y retenemos el balón, buscando la falta al menor contacto, exagerando el dolor de los golpes, esperando que el arbitro y el destino nos compense un poco, y haga que la superioridad numérica del rival, sea menor, expulsando a alguno de sus jugadores, sin embargo esto no ocurre y lo único que nuestros ojos ven es el color amarillo de las tarjetas, el color rojo que es el que anhelamos ver no aparece.

Entonces la lucidez aparece en el equipo contrario, quienes comienzan a jugar por todo lo ancho de la cancha, haciendo que el balón corra y nosotros detrás de él, saben que lo que nos vencerá es el cansancio y no el poder de su juego colectivo, es entonces cuando nos percatamos que no debemos perder el orden, así que intentamos mantenerlo hasta el final del partido, parece que así lo lograremos cuando el arbitro nos indica que agregará 3 minutos al partido, 3 largos, infinitos y dolorosos minutos, 180 segundos de agonía. Entonces cuando parece que conseguiremos nuestro objetivo, el cansancio nubla las ideas de nuestro defensa central, que da un pase equivocado que por inesperado, nos encuentra desubicados, el cual le queda al jugador mas talentoso y experimentado del equipo rival, quien con un toque adecuado coloca a su delantero solo, frente a nuestro portero, el cual encuentra la oportunidad que se le había negado durante mas de 90 minutos y con un golpeo firme manda el balón a una esquina de nuestra portería a donde el portero no puede llegar.

No queda mas tiempo, ni siquiera el suficiente que nos permita soñar un poco. Y el árbitro marca el final del partido.

Es una derrota, es cierto, pero no es como tantas otras en las que se tiene la impresión de haberse podido hacer algo más. Esta vez el sabor es diferente, la sensación es extraordinaria al ver a los jugadores contrarios, cansados, alegres, es verdad, pero con la certeza de saber que consiguieron una victoria de último minuto que, por inmerecida, se les escapaba de las manos.

Mientras que nosotros nos retiramos del campo, orgullosos del esfuerzo brindado, llenos del respeto del equipo rival, quienes preocupados caen en la cuenta que, aun queda un partido mas por disputar para asegurarse el campeonato, esta vez en nuestra casa, y temerosos aun mas al saber que con 11 hombres en la cancha somos un equipo superior a ellos y que al final de los 180 minutos, es seguro que el marcador nos favorecerá.

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